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Terra
La Coctelera

La astronave de los señores de Chalcatzingo.

Reporte de un viaje en un bus totalmente blanco y sin logotipo, para la escuela.

Eran dos cerros. Se derrumbó un pedazo. Muchos años después llegamos en el bus de la ENAH a ver qué onda. Como el bus estaciona en bajada, el conductor atasca un objeto lítico, una roca anónima, entre el suelo y un neumático delantero. Mientras realiza ésta y otras actividades propias del oficio, el conductor planea que realizará todo lo posible por arribar al punto de partida –la ENAH- luego de las seis: tomaremos la carretera libre, poco libre de obstáculos; haremos paradas en honor a las vejigas y fumaremos tabaco –con fortuna tal vez algo más- a orillas de las venas asfaltadas del planeta. Llegaremos a las siete de la noche y el reglamento estipula que, efecto Cenicienta, luego de las dieciocho campanadas un día de viático se transforma en dos. Chofer feliz, viaje feliz.

El salón ET-205, del turno vespertino y con sus elementos no arquitectónicos –maestros, alumnos y bolígrafos-, nos encontramos dando treinta pasos en un terreno oblicuo y, dada nuestra condición urbana de transportación habitual exenta de piernas, jadeamos mucho; entonces estamos frente a frente con otro tipo de evidencia lítica, sudando -los moscos atacan-, algunas de las cuales someramente son:

a) tallado en la piedra del cerro Cantera un homo sapiens está sentado sobre las fauces del monstruo de la tierra, la lluvia cae, brota la vida, etcétera -esto según unas interpretaciones, a otras más galácticas nos referiremos luego-;
b) otro espécimen cómodamente reclinado eyacula sobre la tierra mientras otros homo sapiens observan seriamente el arco que forma la trayectoria del espermatozoide –cien millones de hombrecitos bala ceremonialmente disparados a chorro en pos de buena producción agrícola-;
c) cierta simbiosis oblonga entre serpiente y águila abre el pico y vomita, devora o se atraganta-asfixia-y-muere con un trozo de homo sapiens que, mitad superior afuera, agita los brazos en señal de hola o adiós; y, por último,
d) en compañía y con ayuda de otro homo sapiens un jaguar coge, baila, está a punto de cenar(lo) o, en cualquier caso, todas las opciones anteriores. Este examen de opción múltiple que practica todo aquel que se enfrenta a este relieve en piedra aparentemente lujurioso –pero con referencia a orígenes clánicos acompañada de su justificación mítica del poder político que detentaban, como para justificar la cópula-, es un simple juego de azar. Teniendo en consideración que la roca está desprendida de su sitio original, habiendo caído como se le dio la gana, por el momento sólo puede ser especulativa la determinación de su ubicación y postura auténtica. El arqueólogo hace sus apuestas y juega a la ruleta.

Asimismo, otro relieve destacado pero de épocas posteriores y más aburridas es:

e) un cazador haciendo el trabajo poco romántico de la caza que consiste en arrastrar la presa muy pesada caminando para atrás hasta el lugar apropiado para destajarla –no hay allí músculos tensos, lanzas ávidas y mamíferos, como dijo el maestro, “ahí saltando felices”-.

Es ilustrativo notar que, con la secuencia de relieves partiendo desde una mayor antigüedad, la representación de la dinámica social se inicia con lo sobrenatural y grandilocuente para llegar a lo cotidiano y silencioso, terminando esta brevísima relación del trabajo escultórico en Chalcatzingo con el más desesperante de los relieves:

f) una ceremonia de matrimonio… sí, interétnico, pero matrimonio al fin: el homo sapiens cometiendo suicidio afectivo una vez más. En efecto, la roca hoy sólo presenta nada más que a uno de los cónyuges, la mujer; mientras su príncipe azul –probablemente una boda con fines políticos-, ha logrado, por fin, escapar. Algo habría que agradecerle a los saqueadores de sitios.

Hay que anotar que los relieves descritos por la lectura son muchos, e incluso los apuntados in situ por el dedo índice del docente fueron bastantes, pero la intemperie hace su trabajo, el INAH no sabemos.

Para terminar de una vez por todas con el reporte, del todo poco académico, hay que enfatizar la única verdad absoluta de un paseo cuyo almuerzo terminó con la siguiente pregunta, de maestro a alumnos, “¿qué piensan los etnólogos de los arqueólogos?”, no respondida allí y tampoco aquí; pero que de todas maneras causa roces ridículos y ausencia de colaboración entre homo sapiens abocados a idéntica actividad –los espejos con signos de interrogación-, cuya energía vital la evacuan más bien en celos y rayos dibujados fuera de la boca abierta. Existiendo, de esta manera, el comportamiento acientífico y pasional con un mayor número de adeptos que otros tipos de conducta, es tan válida como cualquier otra la siguiente afirmación demencial:

El relieve conocido como El Rey trata en realidad del conductor de una nave espacial muy probablemente dotada con rayos láser.

“Utilizamos un programa de arte gráfico para hacer un negativo del bajorelieve del monumento "El Rey", cual fue nuestra sorpresa al contemplar la representación gráfica de la nave espacial más antigua posiblemente de Centro America, cual aparenta estar en combate con otras naves. Parece increíble, pero si observamos con detalle lo que se define como las fauces del mostruo realmente es el casco o superficie exterior de la nave. Si la comparamos con el diseño de una Vostok soviética, la semejanza es admirable. El "humo" que sale de la cueva puede ser la representación de los gases de propulsión del vehículo, o del movimiento de éste. El personaje del "Rey" es el piloto de la nave y la misteriosa "S" está relacionada a los controles del vehículo. Las nubes aparentan ser otras naves que están en conflicto con ésta, y se pueden observar misiles e impactos fogozos, en el monumento.”

Fuente: Revista Fantástica Realidad.

Rituales funerarios

Rituales funerarios 1.

En el pueblo de los T., los cacofónicos zombies, muertos vueltos a la vida que acostumbran asesinar jóvenes estrellas de cine clase “B” persiguiéndolas muy lentamente, con sus tiesos brazos extendidos hacia delante, cumplen una importante función: sobre tales extremidades los aldeanos tienden la ropa recién lavada.

Rituales funerarios 2.

Arqueólogos del cuarto milenio inventan su asombroso pasado y se asombran desde nuestro futuro inventado al encontrar evidencias arqueológicas de actividad arqueológica: una pirámide turísticamente reconstruida en la antigua región que llamaban México o Méjico o Méhico. No saben qué demonios es y lo etiquetan “objeto ceremonial”, como se hace hoy en la duda. Misma ceremonia. Metaceremonia. No habrá mejor museografía que la representación teatral.

Rituales funerarios 3.
Es el año 4000 y pico, los mismos arqueólogos han encontrado una tumba que, según establecieron las primeras exégesis, presenta un marcado rito a la muerte que funge de fertilizante a la Madre Tierra, en tanto descompone materia orgánica. El sitio está rodeado de un gran número de cierto alimento enlatado y sin abrir. Lo que ningún autor propone, y que sería verdad, es que se trata de sopas Campbell’s colocadas por los fans del muerto: Andy Warhol.
(inconveniente referido en Barley, Nigel, Bailando sobre la tumba)

Rituales funerarios 4..

Relato de los Nupe de Nigeria: Dios instauró la muerte porque los hombres empezaron a cargar con troncos, a guardar luto y a realizar funerales en su honor. Como muchos padres desde entonces, que le dan una bofetada a un crío que llora, Dios les dio la muerte para que tuvieran un motivo para llorar.
(en Barley, Nigel, mismo libro)

Rituales funerarios 5.

El maestro del antropólogo Inocencio le enfatizaba ciertos conceptos. Esa vaca sagrada una vez se dirigió a él con estas palabras:
-En la comunidad tal, ese ritual lo hacen como debe hacerse. Plop, el antropólogo Inocencio empezó a llorar. Al ver esto, su maestro volvió a hablar:
-Así no debe hacerse, hay que contar con motivos para llorar. Dicho esto extrajo su bate de béisbol y lo levantó.

Rituales funerarios 6.

Las ideas se deslizan con facilidad de la cabeza a la mano al papel. La gravedad, y todo lo demás, juega en contra desde el papel al ojo a la otra cabeza. Funeral de la antropología como literatura. Predicadora soporífera o manzana embrujada, pierda el componente anestésico y arrójese a cien mil kilómetros por hora a la cabeza del lector. Si nació siendo hija de su puta madre colonialismo, cambie de madre, no de puta. Y si usted desprecia la lectoescritura como la expresión cultural más completa, cante por la calle, haga algo, por el amor de dios, de cualquiera.

El antropólogo Inocencio

1. El antropólogo Inocencio va de campo.

El antropólogo Inocencio fue a hacer trabajo de campo, por primera vez, y se aburrió tanto, se aburrió tanto, que escribió su célebre Antropología del aburrimiento. Luego fue de nuevo, pero perdió varias veces su camino y nunca llegó, por lo que escribió una Antropología de la confusión. Cuando llevaba redactadas 56 obras indagando agresivamente sobre las emociones humanas, se enamoró de su alumna, pero no escribió nada al respecto por temor a que la alumna lo abandonara.

2. El antropólogo Inocencio y la retroalimentación.

Cuando el antropólogo Inocencio entrevista a un informante, luego obliga a éste a entrevistarlo a él, por lo que muchos lo odian –se tapan los oídos-, y otros pocos se enteran de cosas que antes no imaginaban ni hubiesen querido hacerlo.

3. El antropólogo Inocencio y la literatura antropológica.

Cuando el antropólogo Inocencio publicó su primer libro, notó que sólo tres individuos –todos antropólogos- lo leyeron. Él no había leído nada de esos tres, sin embargo había leído muchos otros libros de la materia que, investigó, habían sido leídos cada uno por otros dos antropólogos aparte de él. Descubrió luego que la literatura antropológica se hallaba a tal nivel de endogamia, que algunos autores sabían de antemano quiénes serían sus lectores, por lo que a veces incluían mensajes personales entre líneas, del tipo: “…y el sistema de parentesco es así, Margaret, entonces no comprendo por qué no te quieres casar conmigo.”

4. Inocencio, el antropólogo culpable.

El antropólogo Inocencio llevaba a cabo una investigación sobre una franja etaria suburbana e indefensa por encargo de una multinacional que buscaba un hueco en el mercado para un producto más. Como las ventas posteriores fueron un éxito, al morir Inocencio fue directo al Infierno y, ante el Príncipe de las Tinieblas, respondió: me declaro culpable de todos los cargos. Una mera formalidad, le explicaron. Luego fue conducido a un gran salón de fiestas donde socializaban y argumentaban todos los grandes de su ciencia.

5. Este mundo apesta, le contestaron al antropólogo Inocencio.

El olfato, dijo, yo no sé qué es eso. Quien lo entrevistaba vio que tenía taponadas las fosas nasales con algo similar al corcho de la botella de vino. Se había pasado su vida respirando por la boca, le dijo, y también que en su pueblo la nariz servía para menesteres íntimos que se negaba a revelar. Narró cómo, en el combate, los guerreros intentan despojarse de los corchos y que el vencido, con los agujeros de su alma libres, por vez primera huele, y acto seguido cae muerto.

Inauguración

Me dieron una beca. Simple error humano. Con objeto de cursar la licenciatura de Etnología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia -Enah-, tomé el vuelo Asunción-Ciudad de México. La maldición del Moctezuma ése me dio el recibimiento estomacal que me merecía: microlatigazos de los microorganismos patrios. Decidí que mis tareas en la escuela marcarían una diferencia. Postulo que la ciencia antropológica tiene por fin único burlarse de los demás; pero sobre todo, de uno mismo.

Tarea entregada: El poder de los mapas.

Asignatura: Arqueología y Etnología. (2do. semestre)
Maestro: Jaime Cedeño.
Textos reportados:
1) El poder de los mapas, Dennis Wood.
2) El mapa: importante medio de apoyo para la enseñanza de la historia, Delgado López. Revista Mexicana de Investigación Educativa.

El poder de los mapas.

Un hombre le dice a otro:

-Déme su dinero o lo borro del mapa.

Pierre George, que es geógrafo y también francés, le indica que muy difícilmente un documento cartográfico se ocupe de representar a cada individuo en específico.

Es una expresión coloquial que amenaza con la muerte, pues, responde el ladrón.

El cartógrafo protesta que cuando uno dice algo debe hablar con propiedad.

El ladrón se queda callado, pero le dispara. Se lleva su dinero y también su pañuelo.

Coincidentemente, en latín tardío "mappa" significa "pañuelo". A decir verdad, el otro día observé que a la mapoteca acudían un sinnúmero de engripados. El INEGI protestó luego por la capa de moco seco que cubría las cartas y distorsionaba la imagen. Tanto las coordenadas UTM como los segundos de las geográficas diferían de la realidad. Muchos hombres saludables que pretendieron llegar a cierto lugar se extraviaron. Algunos murieron de hambre y sed. Como los piratas de hace tanto tiempo, que murieron todos sin excepción y eran tan aficionados a los mapas. Un maestro marcaba con una gran equis roja algún error en un papel y los piratas, en su mayoría tuertos, ya pretendían ver allí la promesa de un tesoro. Robaban los exámenes de las escuelas y se embarcaban en las más disparatadas aventuras.

En efecto, los mapas confunden a la población, más acostumbrada a preguntar en las esquinas dónde queda tal o cual sitio. El interpelado suele responder con sospechosa seguridad: aquí cerca, doble a la izquierda y luego gire a su mano izquierda, aunque si usted es zurdo modifique todo lo que dije por el lado contrario. Es un gran problema para la gente decir sin pelos en la lengua la pura verdad: No tengo idea. Esto también puede ser reemplazado por un simple encogerse de hombros. O hacerse del sordo. El lenguaje gestual tiene formas y formas de manifestarse. Los mapas también, que en sí mismos son un lenguaje. Ya lo dijo Pierre George, antes de que le roben el pañuelo, porque el mapa:

“…pone en práctica unos convencionalismos representativos, cada uno de ellos con sus limitaciones, al igual que cualquier artificio del lenguaje.”

Claro, esta limitación la refrendó una gran poetisa, que por su parte se borró a sí misma del mapa, Alejandra Pizarnik:

“No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes dentados, vegetación lujuriosa...”

Los cartógrafos, que son poetas a su manera, generalmente representan los bordes continentales bien surtidos de dentadura: a los colmillos los llaman cabos, qué bello. Pero la vegetación lujuriosa se presenta más difícil de simbolizar sobre un planisferio, aunque eso hizo la organización Conservation International, preocupada por la salvación de las selvas tropicales húmedas o, en cualquier caso, preocupada por la conservación de recursos futuros para las corporaciones trasnacionales, que reducen impuestos dándole mucho dinero a Conservation International para que no se le pase la preocupación. Lo que hizo esta alarmada organización, sin fines de lucro, claro, fue imponer una coloración falsa para resaltar aquellos países tercermundistas que poseen jugosas selvas tropicales húmedas y que, por dios, no se preocupan nada. Todos hacemos igual. Yo, por ejemplo, mientras leía el texto imponía una coloración falsa a ciertas frases bastante poéticas, como:

“Contemplar un mapa es asomarse a una de las ventanas abiertas hacia el paisaje asombroso del acontecer humano”

El problema de esta cuestión está en que dicha ventana nunca deja de tener cortinas o, en el peor de los casos, persianas. A esto se le llama limitación subjetiva. Es inevitable: todo empieza en Greenwich; el norte está arriba y abajo el sur; el Atlántico en el medio; África aparece más pequeña de lo que es; y el mapa del GPS interno del misil dice que allí funciona el cuartel de los terroristas que en realidad termina siendo un hospital para niños huérfanos. La moraleja de todo esto sería que al asomarnos a la ventana abierta del asombroso acontecer humano podríamos caer desde un décimo piso. Abstenerse sería lo mejor.

Los mapas son también el reflejo de una época. En la edad media, por ejemplo, se usaba el modelo de la Iglesia Católica: Asia, África y Europa correspondían a la Trinidad de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Cuando Américo Vespucio dijo que adónde llegó Colón era en realidad un nuevo continente, alguien en el Vaticano refirió que por ende correspondía a Dios sobrino, pero lo excomulgaron y le obligaron a dedicar su vida a limpiar la santa mierda del santo baño del santo padre. Aquel modelo tripartito de representar el mundo se denominó luego “T en O” o mapas de Jerusalem. Aunque, si bien el texto no especifica qué significa “T en O”, colegimos que probablemente se refiera a “Tortícolis en Oblicuidad”, esto es, del cuello, que debía estar suficientemente inclinado para percibir con precisión la topografía de la santa ciudad.

Por su parte, Agustín Hernando señala que el mapa tiene un encanto muy singular: su magia. Cuando era niño, efectivamente, me sorprendía ver como mis compañeros de salón y yo, previamente alborotados por el brío propio de la edad, caíamos instantáneamente en un sueño narcótico cuando la anciana maestra, esa bruja, desenrollaba con esfuerzo el imponente mapamundi. Como en el cuento de hadas, ella nos besaba uno a uno y despertábamos aterrorizados, con demasiadas náuseas para dormirnos de nuevo. Así que aprendimos bien los ríos y no me acuerdo qué más.

Por eso digo, hay que reconocer el valor didascálico de los mapas. Esto es lo mismo que decir “didáctico”, relativo a la enseñanza, que deriva del griego didaskó: yo enseño. El mapa enseña. Enseñar proviene del latín insignare, que significa señalar. Señalar un lugar, con el dedo u otro instrumento, es como la actividad obvia que realizar cuando uno se encuentra frente a un mapa, creo yo, ¿no? Por eso la gente va por el mundo suspirando: el mapa, qué cosa didáctica…